A veces me pregunto por qué la gente no puede cumplir con los horarios que fija o que promete. Por ejemplo… si alguien me dice que va a estar a las 11:00, ¿Por qué llega a las 11:45 y para colmo, de lo más tranquilo y sin siquiera pedir disculpas? ¿Por qué no se molestan ni en avisar que están retrasados, que no van a poder llegar a horario o que el colectivo se quedó? ¿Por qué tanta desconsideración y falta de respeto? Porque dejar plantado a alguien esperando por más de diez minutos es una falta de respeto por el tiempo del otro.

¡Es tan común que los argentinos no lleguen a la hora que dicen! Parece ser que la regla siempre es llegar tarde, y la excepción, ser puntual. ¡Qué vergüenza! ¿No?
Hace poco tuve la hermosa oportunidad de viajar a Europa. Visité la capital española de Madrid, la bella ciudad de Barcelona y la hermosa capital del arte y la moda: París.
En cada uno de esos lugares, las personas se amoldan a los horarios fijados y nadie piensa en llegar siquiera dos minutos tarde. En otras ciudades de Europa igual: si los trenes o colectivos tienen impreso en el pasaje como horario de partida a las 9:00 a.m. salen a las 9:00 a.m en punto. Ni un minuto más, ni un minuto menos. En cambio acá, nos hemos acostumbrado que siempre de la hora que dice en un pasaje o en boleto de teatro o recital, es una media hora más tarde. ¿No es absurdo que los colectivos de larga distancia tengan que viajar con demoras por tener que esperar a los pasajeros que por dormidos, distraídos o lo que sea, no son capaces de estar atentos a los horarios de salida? ¿No es más que injusto para los que subimos a tiempo y estamos esperando?
Creo que uno de los motivos por lo que nuestro país y su gente está en la situación actual, es por esa costumbre generalizada de no respetar los tiempos del otro.
¿Qué no tiene nada que ver? ¡Sí que tiene que ver! Los grandes países son los que cuidan los pequeños detalles y los que son justos con todos en la medida de lo que se puede. Los grandes países son los que respetan los compromisos asumidos.
Verónica

Los argentinos son los que se sienten miembros de su país al punto del fanatismo extremo en ciertas ocasiones, siendo capaces de portar sus colores sólo para circunstancias como un mundial de fútbol o los juegos olímpicos pero siempre olvidan colgar banderas o lucir la escarapela en las fechas patrias.